—Veintiséis días hace que el extranjero está en nuestra casa. Ya oiste lo que dijo anoche.

—Sí; aunque nos tiene buena amistad, su delicadeza le ha impulsado á pedirnos la venia para marcharse. Bien se le conoce que no tiene ganas; pero no quiere abusar de nuestra hospitalidad.

—Aunque le dije anoche que se quedara algunos días más, no pienso instarle mucho. Conviene que se marche. ¿Qué te parece?

—Me parece bien.

—¿Y qué tal?—dijo D. Juan con cierta ironía.—¿Estás satisfecho de tu conquista? Estos protestantes, querido hermano, mientras más discretos son, más apegados viven á su herejía. Hay que dejarles.

—No creo lo mismo—objetó Su Ilustrísima.—Debe intentarse atraer al rebaño la oveja extraviada; llamarla, correr tras ella. Si á pesar de eso no quiere venir...

—Ya ves cómo tus esfuerzos no han tenido éxito.

—¿Qué sabes tú? Yo no pierdo la esperanza. He hablado. El me ha oído. Derramé la palabra divina. ¿Puedes tú asegurar que no fructifique algún día?

Don Juan movió la cabeza indicando duda.

—Por de pronto—dijo,—bueno es que se marche. No es nada conveniente que ese hombre esté más tiempo en mi casa. Nos privamos de una excelente compañía; pero es preciso que salga de aquí. No carece de atractivos superficiales. Hay en todo él cierto brillo que fascina y encanta. Tengo una hija bastante impresionable...