Pero al poco tiempo D. Juan prohibió á su hija la lectura de novelas, porque aun siendo buenas, decía, enardecen la imaginación, encienden deseos y afanes en el limpio corazón de las muchachas, extravían su juicio y les hacen ver cosas y personas con falso y peligroso color poético.

En cambio, si Gloria no leía para sí, leía para su padre. D. Juan, con la mucha fatiga del estudio, con el contínuo hervir de su cerebro y las largas vigilias y aquel afán constante en que su viva pasión política le tenía, iba perdiendo la vista. Llegó á no poder leer de noche; mas como á todo trance necesitase tener á mano textos de Quevedo, Navarrete y Saavedra Fajardo para ilustrar la obra que á la sazón escribía, instituyó á su hija en lectora. D. Juan se ocupó algún tiempo en comentar los discursos ascéticos y filosóficos de Quevedo, porque aquel genio colosal de las burlas descansaba de su gigantesco reir con seriedades taciturnas.

Gloria leyó en voz alta la Vida de San Pablo Apóstol, La Cuna y la sepultura y Las Cuatro pestes del mundo. Después se engolfó en la Política de Dios y Gobierno de Cristo, y como el sabio colector tuvo el buen acuerdo de poner en el mismo tomo en que se halla el mencionado escrito, la incomparable historia del Buscón, Gloria, cuando su padre mandaba suspender la lectura para escribir, doblaba bonitamente algunos centenares de hojas, y tapándose la boca para que no estallase la risa que á borbotones pugnaba por salir, se deleitaba con las travesuras del gran Pablos.

En otras ocasiones, como D. Juan no pusiese reparos á los libros clásicos españoles del gran siglo, Gloria se apoderó de varios tomos, y leyó la Virtud al uso y mística á la moda, de D. Fulgencio Afán de Ribera. Casi casi estuvo á punto de engolfarse en la Pícara Justina; pero Lantigua al fin puso mano en ello, permitiéndole sólo Guzmán de Alfarache. Desgraciadamente en el mismo tomo estaba La Celestina.


VI
Cómo se explicaba la niña.

Sin más norte que su buen juicio y libre de preocupaciones, Gloria conversando un día con su padre sobre el viejo asunto de las novelas cuya lectura debe permitirse ó vedarse á la juventud, dijo que la literatura picaresca de que tanto se envanece España por sus riquezas de estilo, le parecía una literatura deplorable, inmoral, irreverente y en suma anti-religiosa, porque en ella se hace la apología de las malas costumbres, de la holgazanería ingeniosa y truhanesca, de todas las malas artes y travesuras groseras que degradan á un pueblo. Concluyó por afirmar con una osadía verdaderamente escandalosa, que las gracias de aquellos perdidos, héroes de tales novelas, si al principio le causaron agrado, bien pronto le dieron repugnancia, y tedio; y que tales gracias, comúnmente obscenas y sin delicadeza, habían encanallado la lengua.

Si hemos de creer á testigos presenciales cuya veracidad no debe ponerse en duda, Gloria, mutatis mutandi, dijo también que al penetrar con ánimo valeroso en el laberinto de desvergüenzas, engaños, groserías y envilecimiento que con tanto chiste pinta la literatura picaresca, no podía menos de considerar á la sociedad del siglo XVII como una sociedad artista en la imaginación, pero caduca en la conciencia; y que comprendía el decaimiento de la raza española, que á la sazón no conservaba más virtud que un heroísmo ciego, virtud no suficiente á suplir la falta de un sentido moral puro y de una religiosidad sencilla y desnuda de superstición.

Cuentan que D. Juan de Lantigua, cuando esto oyó, estuvo largo rato perplejo y confuso, no tanto por lo peregrino de tales conceptos, sino por el desenfado con que su hija los manifestaba. Luégo sucedió á la confusión cierto terror ocasionado por la precocísima aptitud que mostraba Gloria para el sofisma y la paradoja; mas notando en ella un entendimiento de mucho brío aunque extraviado, consideró lo mejor llevarlo dulcemente por el buen camino. Con tales ideas y propósitos, ordenó á su hija que se diese una buena hartada de comedias de Calderón, acompañándola con lecturas diarias de los místicos, poetas y prosadores religiosos, para que variasen sus ideas radicalmente respecto á la sociedad española del glorioso siglo.