En efecto, hizo la señorita todo lo que su padre le mandaba, y á vuelta de algunas semanas le manifestó que en efecto sus ideas habían cambiado un poco, aunque no radicalmente. Usando términos comunes que me veo obligado á variar para expresarlo con más viveza, aseguró que en la sociedad de aquellos tiempos encontraba además de lo indicado antes, una inclinación demasiado ardiente al idealismo, la cual si bien producía maravillosos efectos en la poesía y en las artes, era tal que sacaba á la sociedad fuera de su asiento. Le repugnaban los perdidos, los rufianes, las busconas, los estudiantes, los militares, los escribanos, los oidores, los médicos, las terceras, los maridos zanguangos y las mujeres livianas de las novelas picarescas; pero todos estos tipos tenían innegable sello de verdad. Como una protesta contra tal linaje de gentuza, los galanes y damas, los caballerosos padres y los hidalgos campesinos de los dramas querían establecer, con sus nobles ideas y estupendas acciones, el imperio de lo bueno y de lo justo; pero á juicio de Gloria, había en el hermosísimo semblante de aquellas figuras sin par la expresión melancólica de quien ha estado durante cien años empeñado en un objeto sin conseguirlo.

Como Lantigua se riese de tan evidente despropósito, Gloria afirmó (empleando por supuesto frases comunes), que aquel ideal del honor y del amor no era la mejor ni más sólida piedra para asentar el edificio moral de una sociedad. Luégo se ocupó de los místicos, reconociendo en ellos falta de equiponderación entre la fantasía y el discernimiento, y afirmando que su literatura, en ocasiones muy bella, no podría servir nunca de guía al común de las gentes, por ser de pocos comprendida.

Resumió sus ideas sobre este punto diciendo que no podía tolerar que se tratase de religión sin sencilléz suma, por lo cual ponía por encima de todos los tratados y disertaciones místicas el Catecismo de las escuelas, que, hablando como Jesucristo, lo decía todo. Parece que al llegar á este punto D. Juan de Lantigua hizo, no sin burlarse de su hija, algunas observaciones sobre la profunda filosofía y estudio de la divinidad y del hombre que en tales obras se encierra, y viérais aquí á la pícara Gloria sosteniendo que la sociedad modelo, según las ideas de su padre, había alambicado y desvirtuado un poco la idea religiosa, dejándose seducir demasiado por los símbolos que la misma idea religiosa emplea como órganos eficaces y al mismo tiempo como culto tributado por la verdad á la belleza eterna.

—Esas novelas de truhanes y desalmados—dijo Gloria para terminar,—esas comedias de caballeros enamorados y discretos, aunque no siempre intachables bajo el punto de vista de la moral cristiana, esas disertaciones donde mi espíritu se pierde sin poder seguir el hilo sutilísimo del enrevesado discurso, bastan á darme idea de la gente para quien tales cosas, por lo común admirables, se escribían. Veo las conciencias muy anchas y gran tolerancia para mucha parte de los vicios que degradan al hombre en todas las épocas. No dudo que existiesen caracteres generosos, los cuales creyeran cumplir su misión y dar vuelo á los nobles impulsos de su alma, elevando por encima de la general torpeza, como enseñas sagradas, el ideal del honor y la fe religiosa. Pero el pueblo, á quien no habían enseñado á discernir y que vegetaba comido de vicios, incapáz para el trabajo y soñando con guerras que traían el pillaje, ó conquistas que dieran fácil fortuna, no tenía más que sentidos. No ponía atención á nada, ni aun al sublime misterio de la Eucaristía, si no se lo presentaban en forma de comedia.

»Por un lado se me presenta una realidad baja y común compuesta de epidémica miseria, en cuyo seno haraposo y vacío se agitaba la gran masa de la Nación pidiendo destinos al rey, á los nobles las sobras de sus mesas, á los frailes el bodrio, y á la política nuevas tierras que expoliar. Por otro no veo más que hombres bien alimentados, á quienes deslumbra un ideal de gloria y una dominación del mundo, que cual sombra vana se desvanece al fin, dejándoles con la mano puesta en las mechas de sus arcabuces para matar pájaros. En el arte, veo también dos términos: los poetas que cantan el amor y el honor, y los místicos y poetas de cláustro, que pasan sus días buscando fórmulas nuevas para hacer comprender al pueblo los dogmas sagrados. De estas dos musas, una sublima el amor humano y otra el divino, pero empleando iguales formas poéticas, iguales símiles, hasta iguales versos, sin duda porque lenguas de la tierra han sido hechas para lo humano y humanamente lo dicen todo.

»Los poetas, los grandes guerreros, los frailes, los teólogos, los hombres de inteligencia cultivada entreven una sociedad mejor, vislumbran un mundo moral superior á aquel en que viven y se agitan los pedigüeños y desnudos, los holgazanes, pícaros y demás gente menuda. Luchan unos con otros. La cosa no va bien; pero no se sabe cómo puede enmendarse. Los unos piden pan, destinos, bienestar material, y no hallando quien se lo dé, roban lo que pueden; los otros piden gloria, amor exaltado, profunda fe, religiosidad, caballerosidad, justicia perfecta, belleza perfecta, y jamás pueden entenderse. De estas dos voluntades que aparecen una frente á otra en aquella sociedad calenturienta, se apodera Cervantes y escribe el libro más admirable que ha producido España y los siglos todos. Basta leer este libro para comprender que la sociedad que lo inspiró no podía llegar nunca á encontrar una base firme en que asentar su edificio moral y político. ¿Por qué? Porque D. Quijote y Sancho Panza no llegaron á reconciliarse nunca.

Parece indudable por los datos confusos que han llegado á mis noticias, que cuando Gloria expuso á su manera las ideas del párrafo anterior, estaban en compañía de su padre obra de cuatro ó seis personajes graves, que no podían con la fama de sabios, tales eran el peso y grandor de ella. Alabando el agudo ingenio paradójico de la muchacha, se rieron mucho de sus donaires, y celebraron las originales ocurrencias, mezclando hábilmente á veces la crítica con la galantería; y como alguno, más curioso que los demás, manifestase deseos de conocer en qué consistía la reconciliación entre D. Quijote y Sancho Panza, Gloria, un poco confusa por el dudoso éxito de su osada tesis, se expresó así:

—Ustedes que son tan sabios no habrán dejado de observar que si D. Quijote hubiera aprendido con Sancho á ver las cosas con su verdadera figura y color natural, quizás habría podido realizar parte de los pensamientos sublimes que llenaban su grande espíritu; así como si el escudero... pero no digo más porque se ríen ustedes de mí. Ya sé que esto que hablo es algo extraño, quizás disparatado y hasta ridículo, por lo muy contrario á la verdad, que sólo ustedes pueden conocer; pero si es así, ténganlo por no dicho ó por pura broma mía.

Más tarde, cuando los sabios privaron á la casa de su presencia majestuosa, D. Juan de Lantigua, á quien las desatinadas opiniones de su hija habían puesto algo malhumorado, encerróse con ella y la reprendió afablemente, ordenándole que en lo sucesivo interpretase con más rectitud la historia y la literatura. Afirmó que el entendimiento de una mujer era incapáz de apreciar asunto tan grande, para cuyo conocimiento no bastaban laboriosas lecturas, ni aun en hombres juiciosos y amaestrados en la crítica. Díjole también que cuanto se ha escrito por varones insignes sobre diversos puntos de religión, de política y de historia, forma como un código respetable ante el cual es preciso bajar la cabeza, y concluyó con una repetición burlesca de los disparates y abominaciones que Gloria había dicho, y que evidentemente la conducirían, no poniendo freno en ello, al extravío de la razón, á la herejía y tal vez al pecado. Retiróse Gloria muy confusa á su alcoba, pues era hora de dormir, y á solas meditó largo rato, llegando por fin ¡tal era el ascendiente de su padre sobre ella! á un convencimiento profundísimo de que había pensado mil tonterías, despropósitos y barbaridades abominables. Pero deseosa de absolverse, echó toda la culpa á los libros, é hizo voto de no volver á leer cosa alguna escrita ó impresa, como no fuera el libro de misa, las cuentas de la casa y las cartas de sus tíos. Arrodillándose para orar, según su piadosa costumbre, dijo: