XXXIV
En el puente de Judas.
Mientras una docena de láicos arreglaban así, después de comer bien, los asuntos de la Iglesia católica, D. Angel de Lantigua, separándose de su sobrina, á quien dejó rezando en la Abadía, marchaba por el camino real en dirección al puente de Judas, con objeto de visitar á los comensales del Soto. Acompañábanle á un lado y otro su secretario y el paje, y seguíanle varios cojos, tullidos y toda la pobretería del camino, anhelantes de que les echase bendiciones, pues algunos las estimaban en más que las limosnas que recibían.
El santo varón, con el alma gozosa como de costumbre, iba departiendo afablemente con sus dos adláteres, cuando al entrar en el puente de Judas (cuya fábrica de palo era en extremo frágil) notó que éste se estremecía bajo sus piés. Mas no tardó en hallar la razón de la sacudida, porque por la otra cabeza del puente acababa de entrar un hombre á caballo. Galopaba.
—¡Eh! caballero—le gritó el guarda.—Está mandado que por aquí se vaya al paso.
El ginete era Daniel Morton. Luégo que vió á Su Ilustrísima, observando al mismo tiempo la estrechura del puente, semejante en esto al que tienen los mahometanos para entrar en el paraíso, detúvose y echó pié á tierra.
—¡Ah! ¡Sr. Morton!...—exclamó D. Angel con estupor, sintiendo que de improviso se desvanecía el gozo de su alma.
Daniel besó el anillo con gran respeto, y descubriéndose, dijo: