—¿No esperaba Su Ilustrísima verme otra vez en Ficóbriga?
—No, seguramente. Ayer recibió mi hermano una carta en que usted le anunciaba su viaje.
—Pues Dios no ha querido que me vaya hoy.
—Cuidado: no hay que echar la culpa de todo á Dios—dijo el prelado gravemente.—Dios lo habrá permitido; pero no lo habrá querido.
—Con perdón de Usía Ilustrísima—afirmó Morton,—pienso que lo ha querido. Yo estaba en el muelle de X... junto á mi equipaje, esperando el bote que me había de conducir á bordo del vapor, cuando sentí que una mano muy pesada me tocaba al hombro; volvíme y ví á Caifás, Sr. D. Angel, con el semblante más angustiado que puede imaginarse.
—Ya, ya voy comprendiendo.
—Caifás se puso de rodillas delante de mí y me dijo: «Señor, en Ficóbriga aseguran que he robado, en Ficóbriga dicen que el dinero que tengo no es mío. El juez me amenaza y todos piden que Caifás el feo, Caifás el malo, Caifás el idiota vaya á la cárcel. Yo, quebrantando mi palabra, he dicho que usted me sacó de la miseria; pero nadie cree al humilde, y D. Juan Amarillo, soberbio entre los soberbios, clama contra mí...» En resumen, señor obispo, he tenido que detener mi viaje para sacar á ese hombre de tan mal paso, pues si así no lo hiciera, la limosna que le dí y que nada vale en verdad, se trocaría en vilipendio suyo, sumergiéndolo en la miseria.
—¡Buen pensamiento y excelente acción!—dijo el prelado seriamente.—Ella es tal, que se le puede permitir á usted el paso de este puente, que de otro modo le estaría vedado. Adelante, pues, y no se me detenga usted en Ficóbriga.
Despidióle bondadosamente, aunque con sequedad, y Morton siguió su camino hacia Ficóbriga, mientras D. Angel no paraba en el del Soto; pero á cada diez pasos volvía la cabeza para ver qué dirección tomaba el hamburgués. Vióle marchar hacia la Cortiguera, donde vivía Caifás, y con esto Lantigua sintió calmarse la zozobra que empezó á alborotar su espíritu.
Cuando el obispo estuvo cerca del Soto, toda la servidumbre y deudos del cura, con las amas á la cabeza y doña Saturnina al frente de éstas, á la manera de tambor mayor, salieron á recibirle y besarle el anillo, de lo que resultó no poca confusión. Y al mismo tiempo le aclamaban con gritos y decían: «Viva la gloria de Ficóbriga.»