Hasta que el venerable no atravesó la portalada de la huerta, no cesaron las importunidades de la plebe.

—Aún están aquí los restos del festín—dijo el prelado viendo la desordenada mesa.—Ha sido buena idea ponerla al aire, porque hace un calor sofocante.

—Pues me parece que no pasará la tarde sin llover, señores—dijo el cura husmeando el horizonte.—¿No quiere Su Ilustrísima tomar el chocolate?

Al punto trajeron los cangilones, y don Angel se sentó en un banquillo rústico. Rodeáronle todos, menos Sedeño y Rafael del Horro, que se apartaron para leer un suelto de periódico.

—Sr. D. Silvestre—dijo el prelado cuando empezó á tomar chocolate.—¿Lloverá esta tarde?

—Me temo que sí. Está la atmósfera muy cargada. Tendremos vendabal, y fuerte. Así se puso el tiempo el día que naufragó el Plantagenet. ¡Qué día, señores, qué día!

—Fué tremendo—dijo Su Ilustrísima.—¿A quién creen ustedes que acabo de encontrar ahora al pasar el puente de Judas?... ¿No lo adivinan ustedes? Pues al mismo D. Daniel Morton en persona.

—¿Iba á Ficóbriga?—preguntó con mucho interés D. Juan Amarillo.

—Allá iba... Parece que él fué quien le dió á Caifás...