—Quien no te conoce que te compre—dijo el usurero ficobrigense, guiñando el ojo.—No creo en tales limosnas, aunque ese extranjero debe de ser hombre muy adinerado...

—Entonces bien podía hacer una limosna...

—Precisamente lo que no creo es la limosna; lo que no creo es una generosidad de esa especie. Aquí no somos bobos, Sr. Morton; aquí en España no nos mamamos el dedo y sabemos conocer á los pillos.

—Amigo D. Juan—manifestó Su Ilustrísima devolviendo el pocillo de chocolate,—Jesucristo dijo: «No juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados...»

Y variando de tono y de asunto, añadió:

—Es una gloria esta huerta de D. Silvestre. Aquí todo prospera, y el trabajo y esmero del cultivo son frutos de bendición. ¡Ojalá sucediera lo mismo en toda nuestra España, y tras de cada siembra de sanos consejos y exhortaciones viniese una cosecha de buena conducta! ¡Qué manzanos, qué perales, qué melocotoneros!

Don Silvestre vió llegado el momento de saborear uno de los más dulces placeres de su regalona vida, enseñar su huerta. Levantóse el prelado, y Romero fué delante mostrando las hermosas castas de perales alineados en espaldera los unos, sustentados otros por alambres gordos, y todos ellos frondosísimos y cuajados de peras. Las había bergamotas, duquesas, amantecadas, pardas de invierno y de otros muchos linajes exóticos. El cura hacía fijar la atención en los ramilletes de frutas verdes aún, y las tomaba en la mano para mostrarlas, diciendo:—¿Pero ven ustedes qué peras? En toda la provincia no hay nada que se les pueda comparar. Mientras esto sucedía, D. Juan Amarillo había llevado aparte á don Juan de Lantigua para hablarle de un negocio importante.

—No nos alejemos mucho—le dijo el literato y jurisconsulto,—porque me parece que va á llover esta tarde.