Media hora después Morton volvió con Caifás á la Cortiguera; pero uno y otro miraron á todos lados. ¡Oh sorpresa de las sorpresas! Ni Sildo ni el caballo estaban allí.
Y sucedió que Sildo, al tener las riendas del generoso animal, sintió en su alma un vivísimo impulso de caballero, es decir, que deseó montarle. En los doce años de su edad, el pobre chico no había oprimido los lomos de ningún caballo.
—¡Si yo me montara en él—dijo,—y diera dos pasos de aquí á los Cinco Mandamientos, cómo se reirían mis hermanos!
La vanidad se amparó de su alma. La serpiente dijo en su oído palabras tentadoras y Sildo oyó claramente: «Sube en el caballo del bien y del mal, y montarás como el Sr. Morton, y como él serás gallardo y hermoso.»
Es difícil detenerse en la pendiente de los goces. Sildo fué de los Cinco Mandamientos á la ladera del Rebenque, y del Rebenque atravesó todo el prado de la Pesqueruela, y después un poco más allá y siempre más allá. Cuando quiso detener el caballo no pudo, y éste emprendió á correr, no pareciendo dispuesto á parar en media provincia. Celinina y Paco indicaron que Sildo había corrido hacia la Pesqueruela. Marcharon allá á toda prisa Morton y Caifás; pero no vieron nada. Bajaron á la playa por el pinar; mas el ginete no parecía por ninguna parte, y las noticias que adquirían de los transeuntes eran contradictorias. Desesperado estaba Daniel por aquel accidente, y más desde que le pareció ver en el cielo síntomas de mal tiempo. Caifás se encomendaba á todos los Santos y rezaba Padre-Nuestros á San Antonio. Por último, discurrieron buscar cada uno por un lado y reunirse en la Cortiguera. Separáronse, pues, en el pinar.
Pero Morton, cansado al fin de buscar en vano su caballo, decidió volverse á pié. Por no atravesar el centro de Ficóbriga, dió un gran rodeo, pasando por detrás de la Abadía. Al llegar al callejón que da entrada por Oriente al atrio de ella, sintió gemir los viejos goznes de la puerta. Miró y vió salir á la señorita de Lantigua. En presencia de una visión sobrenatural, Daniel no hubiera experimentado tan vivo sacudimiento en todo su sér. El primer impulso fué correr tras ella; pero se contuvo y en uno de los huecos del carcomido muro se incrustó como estátua. Gloria tomaba el camino de su casa. Pasó como los pensamientos placenteros que al modo de relámpagos cruzan la mente en horas de tristeza.
Morton la vió desaparecer en la revuelta de una calle é instintivamente salió de su escondite para correr tras ella.
—¡Que esté condenado á no verla más!...—pensó.—¡Ni una vez siquiera!...
La siguió á mucha distancia, deteniéndose cuando estaba demasiado cerca, adelantándose cuando se quedaba muy lejos. Por fin, cuando Gloria entró en el jardín de su casa, Morton dijo para sí:
—Todo acabó. Ahora me marcharé.