Pero antes de decidirse á partir estuvo media hora sentado sobre una piedra en cierta calleja que por un lado salía á la plazoleta, y por otro á las pendientes que bajaban al mar.

Pesada y tibia gota de agua, cayendo sobre su mano, le sacó de su abstracción. Mirando al cielo, vió una nube amarilla con intensos cambiantes grises, y pudo observar el aire sofocante. Sopló formidable viento que hizo remolinos de polvo, y empezaron á caer gruesas gotas que manchaban el suelo con redondeles negros, como si llovieran piezas de dos cuartos. Buscando donde guarecerse, salió Daniel de la calleja, penetró en otra, y al fin pudo hallar una gran teja vana, bajo la cual se abrigó perfectamente.

Entonces descargó una lluvia tremenda, espantosa, diluvio que parecía inundar la tierra y desleír á Ficóbriga.

—Así llovía sobre el pobre Plantagenet el día del naufragio—pensó Morton.—¡Pobre de mí! Las tempestades me trajeron y las tempestades me llevan. ¿Quién puede penetrar los designios del Señor?

Después, mirando al cielo que se descuajaba en rayos y se vaciaba en chorros de agua, dijo así:

—«Viéronte las aguas, ¡oh Dios! viéronte las aguas, y temieron y temblaron los abismos... Las nubes echaron inundaciones de agua, tronaron los cielos y discurrieron tus rayos... Anduvo en derredor el sonido de tus truenos, los relámpagos alumbraron el mundo, estremecióse y tembló la tierra... En la mar fué tu camino, y tus sendas en las muchas aguas, y tus pisadas no fueron conocidas[B]

[B] Salmo LXXXI, 17, 18, 19, 20.

La tempestad acabó de obscurecer la tarde que ya tocaba á su fin. Morton miró á la casa de Lantigua, que frente á él estaba por el costado de Oeste, y vió luz en las habitaciones altas.

—Ya están ahí todos los de la casa—pensó.—Gloria, con sus encantos que la igualan á los ángeles, alegra las horas de los dos ancianos... ¡Oh, Dios mío, qué felices son!