—Nuestro remordimiento sale terrible y amenazador del fondo de nuestra alma—dijo Gloria,—y nos grita: «Ya estáis unidos para siempre.»
—Para siempre—murmuró él.
—La separación es imposible.
—¡Imposible!... Pero la hora de la verdad ha llegado.
—¡Oh! Daniel, Daniel—exclamó la de Lantigua, sintiendo en su alma violentísima irrupción de sentimiento religioso;—amigo de mi vida, compañero de mi alma, esposo mío, arrodillémonos delante de esa imagen de Nuestro Señor Jesucristo y hagamos voto solemne de disponer esta noche misma nuestra reconciliación religiosa, haciendo todos los sacrificios posibles, tanto tú como yo. Hijos somos ambos de Jesucristo: volvamos á El los ojos... Daniel, Daniel, ¿por qué huyes de mí?
Gloria, arrodillándose delante de la imagen, tiró del brazo de Morton para que hiciera lo mismo. Daniel dejó caer la cabeza sobre el pecho. Nunca su rostro había estado más hermoso ni más patético. Pálido y grave, sus ojos azules se abatían con sombría tristeza, y vistas de perfil la elegante línea de su naríz y de su frente, y la graciosa barba puntiaguda, su semejanza con el semblante mortal del Salvador del mundo era perfecta.
—¿Por qué no me miras?—preguntó Gloria llena de desconsuelo.
—No puedo más—gritó Morton con súbito arranque.—Gloria, yo no soy cristiano.
—¿Qué dices? ¡Daniel, por Dios y la Virgen!
—Es preciso decírtelo al fin—añadió el extranjero con voz trémula,—y te lo diré. Gloria: yo no soy cristiano; soy judío.