—¡Jesús! ¡Padre y Redentor mío!

Estas palabras las pronunció Gloria con el espanto del que muere cosido á puñaladas, del que ve abrirse bajo sus piés la tierra y salir las llamas del Infierno. Diciéndolas, cayó sin sentido. Morton acudió en su auxilio; arrodillándose tomóla en brazos, procuró reanimarla con amorosas palabras; pero cuando ella abrió los ojos y pudo ver junto á sí el característico rostro semítico que tanto contribuyera al cautiverio de su corazón, le rechazó severamente, diciendo:

—¡Impostor!... ¡Judas!... ¡me has engañado!

—Te oculté mi religión—dijo Morton sombríamente.—Esa es mi culpa.

—¿Por qué has ocultado tu religión?—dijo Gloria incorporándose con viveza.

Sus negros ojos echaban llamas.

—Por egoísmo, por temor á que no me amases—repuso Daniel con timidéz y sumisión.—Yo no mentí; no hice más que callar; pero reconozco que callar fué gran falta.

—¡Infamia, infamia! No; es mentira...—dijo Gloria con desesperación.—Tú no puedes tener fe en esa doctrina.

—¡Quizás más que tú en la tuya!—repuso Morton.

—Mentira, mentira—exclamó la joven de rodillas en el suelo y retorciéndose los brazos.—Si fueses tú israelita, es imposible que yo te hubiese querido. ¡Ah! parece que la lengua se me quema al decir esa palabra... Si el nombre sólo de tu religión es una blasfemia... ¿Es posible, dí, que no creas en Jesucristo, que no le ames?... Si esto es verdad, ¡qué horrible engaño, qué vida tan espantosa, qué muerte de las muertes! ¡Creer yo en tí de este modo, amarte, adorarte, y cuando pensaba vivir unida á tí para siempre, descubrir, Dios mío, descubrirme tú mismo este horrendo secreto!... ¿Por qué no escribiste en la frente tu infame creencia? ¿Por qué cuando me viste correr hacia tí no me dijiste: «apártate, que estoy maldito de Dios y de los hombres?»