—¡A qué delirio te lleva tu fanatismo!—dijo Daniel, contemplándola con expresión compasiva.—Acúsame por haberte ocultado la verdad; pero no injuries á mi desgraciada raza, ni participes de un odio vulgar, indigno de tí.
—Si es verdad lo que me has dicho, ¿por qué no tuviste mala apariencia, como tienes mala religión? ¿Por qué no fueron horribles tus acciones, tus palabras y tu persona como lo es tu creencia? ¡Impostor, cien veces impostor!
—Gloria, Gloria, amiga de mi vida, no hables así. Tus injurias me matan.
—¿Por qué me has engañado, por qué consentiste que te quisiera, sabiendo que debíamos estar eternamente separados?—interrogó ella con el desvarío de quien va á perder la razón.—Díme, ¿por qué consentiste que te amara?
—Porque te amaba yo. Es verdad que procedí mal; pero también conocí mi falta, y viendo venir imponente y amenazador el conflicto religioso, de mí partió la idea de separarnos y te lo propuse. Mi pensamiento no podía ser más honrado.
—Sí; pero después volviste.
—Volví—repuso Morton confuso como el criminal.—Es verdad; no sé quién me trajo. Todo se ordenó de modo que yo volviese. Me trajo una especie de ola infernal, ó quizá hálito divino. El hombre es juguete de las fuerzas de Dios, que gobiernan el mundo.
—¡Dios! No tomes en tu boca ese nombre... Tú no eres tú; no puedo decir fijamente si te amo ó te aborrezco, y si cupiera esto en la mente humana, diría que al mismo tiempo te aborrezco y te amo.
Ocultando el rostro entre las manos, rompió á llorar sin consuelo.