—¡Y todo por un nombre, por una palabra! ¡Oh, qué iniquidad!—murmuró Morton con angustia.—Las palabras gobiernan al mundo, no las ideas. Díme, cuando me amaste, ¿por qué me amaste?

—Te amé, porque me parecía que Dios te había puesto delante de mí; te amé por tu lenguaje, por tus acciones, por tu persona, por una dulce concordancia de tu alma con la mía... ¿qué sé yo por qué?... Pero no... tú me estás engañando ahora... tú no puedes ser lo que dijiste, Daniel, porque tú has practicado la caridad.

—Nuestra ley nos dice: «Bienaventurado el que piensa en el pobre. En el día malo lo librará Jehová.»

—Tú no puedes pertenecer á esa secta abominable—añadió Gloria asiéndose á su incredulidad como á un clavo ardiendo.—Aunque mil veces me lo jures, mil veces me negare á creerlo... Si lo eres, ¡qué horrible disimulo el tuyo!

—He disimulado, sí. Esta es nuestra costumbre cuando viajamos por un país intolerante como el tuyo. Pero á tí debí decirte la verdad, lo conozco, lo confieso, declaro ante tí mi culpa, esperando perdón.

—Esto no puede perdonarse, no, de ningún modo—dijo Gloria con airada resolución.

—Tu Maestro—afirmó Morton,—te ha dicho: «Perdona á tus enemigos, ama á tu prójimo como á tí mismo.» ¿Es posible que tú participes del tradicional encono contra nosotros, y de esa vulgar antipatía con que apacienta su rudeza y sus malas pasiones la plebe cristiana? Gloria, por el que hizo el Cielo y la tierra, no puedo creer que degrades así tu preciosa inteligencia...

—Dentro de Jesús lo admito todo; fuera de El nada. No llames preocupación al horror que me inspiras.

—Horror que desaparece callando un nombre. ¿Por ventura esto no te dice nada? ¡Me amaste sin conocerme! Dí: ¿no parece esto una burla de tu misma fe? O yo estoy loco, ó esto es la voz de la humanidad que á gritos reclama sus derechos.

—¡Ay! ¡Yo no sé lo que es esto!...—exclamó Gloria con arrebato.—¿Por qué siendo lo que eres, todo en tí es amable? Sin duda tu alma es buena, y se conserva pura en ese cieno donde has nacido. Un esfuerzo, amigo de mi alma, un esfuerzo y sacudirás de tí esa podredumbre. Tu espíritu está preparado para la redención: basta un movimiento ligero, una mirada dentro de tí mismo. Daniel, Daniel—añadió abrazándole con pasión,—por el amor que me tienes, por el que yo te tengo y que ahora ó se extinguirá para siempre ó se aumentará, te pido que seas cristiano... Daniel, Daniel, abandona tu falsa creencia y entra conmigo en el seno amoroso de Nuestro Señor Jesucristo.