—Eso no puede ser—declaró;—la idea de no ser cristiana me espanta más que la de la condenación eterna.

—Y yo no puedo ser cristiano, no puedo.

—Daniel—murmuró Gloria desfalleciendo de dolor,—¿por qué no me matas? Busca un arma.

—Gloria, vida mía, ¿por qué no me matas tú á mí? Yo soy el que debe morir, tú no. El criminal he sido yo, no tú.

—Ha llegado la ocasión de morir. Dios nos abandona.

—No hay solución en la tierra—dijo Daniel sombríamente.

—Ni en el cielo—añadió la joven con desesperación, dejando caer sus brazos sin aliento y cerrando los ojos, porque las fuerzas todas de su espíritu se habían agotado.

Cayó de rodillas, y apoyando la frente en el lecho, oró en silencio. Morton, sentado en un sillón, se oprimía la abrasada frente entre las manos. De improviso los dos se estremecieron y se miraron, porque habían sentido pasos.