El camino en realidad estaba intransitable, y espumosos arroyos de fango y agua descendían por las laderas.

Don Silvestre dispuso que un criado suyo, llamado Francisquín, bajase á reconocer todo el camino hasta Ficóbriga. Al poco rato volvió diciendo que estaba medianillo, y que el puente se podía pasar, andando por él con mucho cuidado.

—¡Qué cobardes somos!—exclamó Lantigua dirigiéndose á la puerta.

Por segunda vez le detuvieron; y hé aquí que el cura dijo:

—Más vale que pasen ustedes aquí la noche. Tengo buenas camas. La crecida de la ría es espantosa, y no vale la pena de que nos expongamos á perecer. Si subimos hasta Villamojada para pasar el puente de San Mateo, tardaremos cinco horas lo menos, porque el acarreo de mineral ha puesto la carretera como ustedes saben.

Mucho costó persuadir á D. Juan á que se quedase; pero al fin lo consiguieron, y se mandó á su casa el recado de que ya tenemos noticia.

Y hé aquí que al volver Francisquín, dijo:

—La señorita Gloria esperaba muy alarmada; pero ya está tranquila.

—¿Quién estaba allí?—preguntó D. Juan con viva ansiedad.

—Roque, D. Amancio el de la botica, José el cartero, el maestro Rubio, Germán...