—¿Y nadie más?

—Y el Sr. D. Daniel.

Por el abrasado pensamiento de D. Juan de Lantigua pasaron aquellas palabras del libro de Job: «Fuego de Dios cayó del cielo, que quemó las ovejas y los mozos y los consumió; solamente escapé yo solo para traerte las nuevas.»

—¿Qué es eso, D. Juan, le ha hecho á usted daño la comida?—preguntó D. Silvestre á su amigo.

—¿Estás malo?—le dijo el obispo observándole cariñosamente.

Don Juan se había puesto verde.

—A ver ese pulso—indicó D. Silvestre, que también se la echaba de médico.

—Por fin—dijo uno de los compinches del cura, que había venido de la capital de la provincia,—cierto amigo que encontré en Villamojada y que acaba de llegar de Madrid, me ha informado de la religión de ese señor Morton, á quien D. Juan ha nombrado. Es nada menos que judío.

Una exclamación de sorpresa y espanto sonó en toda la sala.

—¿Es eso verdad?—preguntó Lantigua echando fuego por los ojos.