—¡Tan verdad!... Daniel Morton es hijo de un riquísimo israelita de Hamburgo, rabí de la secta, ó como si dijéramos, el sumo sacerdote ó el papa de los judíos.

—A pesar de eso, no me pesa haberle salvado la vida—dijo con petulancia D. Silvestre,—porque está escrito: Bendecid á los que os maldicen y haced bien á los que os aborrecen... ¡Qué día aquel!

—Muy bien—afirmó el prelado estrechando la mano del cura.—Así me gusta.

Después se quedó tan pensativo, que parecía una estátua.

—Mi opinión—dijo D. Juan Amarillo gravemente,—es que no se debe consentir en Ficóbriga la presencia de ese hombre.

—No se debe consentir—añadieron dos ó tres de los presentes.

Entonces Su Ilustrísima habló así:

—Mientras el impío exista, existirá la esperanza de traerle al buen camino. Dios no revela á nadie los caminos de su justicia. San Agustín, amigos míos, nos enseña que el impío está sobre la tierra ut corrigatur, ut per illum bonum exerceatur, es decir, para que se corrija, para que el bien, por razón de él, sea hecho.

Don Juan de Lantigua se levantó, diciendo con firmeza:

—Yo me voy.