—Remedios que están en tu imaginación. Pareces un niño, Ventura. No siendo posible que una religión falsa y otra verdadera se mezclen y confundan como el agua y el vino que se echan en un vaso; no siendo posible que nuestra santa fe católica transija en esto ni se humille ante las mentiras sacrílegas de una secta infame, ignoro cómo vas á componerlo.
—Precisamente deseo intentar algo que proporcione un gran triunfo á nuestra santa fe católica—dijo D. Buenaventura.
—¿Qué? ¿Convertirle?... Me pareces tonto. Lo que nuestro bendito hermano no pudo conseguir, ¿has de lograrlo tú?... ¡Ah! Como no intentes su conversión por la vía de los negocios... El corazón de esa gente se ha de ablandar más por las emociones del interés que por los sentimientos religiosos.
—Cuando mi hermano intentó convertirle, no existían para él las poderosas razones sociales, los graves compromisos de honor, de dignidad, de delicadeza, los deberes de humanidad...
—¡Honor, dignidad, delicadeza, humanidad!... Probablemente no entenderá esa lengua el que ha causado nuestra ignominia.
—Esta es lengua universal. En fin, querida hermana, pronto saldremos de dudas.
—¿Cómo?
—Oyéndole.
—¡Pues qué...!—exclamó Serafinita con terror.—¿Ese hombre...?