—Va á llegar. Le he llamado yo.

—¡Ventura, Ventura!...

Serafinita no pudo decir más. Era incapáz de cólera; pero su corazón se llenó de pena. Emprendiendo con frenética actividad su obra, fijaba sus animadas pupilas en las puntas de las dos agujas, que, chocando con fuerza, parecían las espadas de irritados duelistas que se batían furiosamente.

Después de un rato de silencio, Serafinita dijo:

—¡Ventura, Ventura!... ¿Has escrito al hebreo?

—Sí, y vendrá.

—Tal vez no. Ya sabes que en Diciembre estuvo aquí, y nuestra sobrina no quiso recibirle.

—Ya lo sé.

—Y que le ha escrito muchas cartas...

—Sin que ella se haya dignado leerlas. También lo sé.