—Pues ahora tampoco le recibirá.

—Allá lo veremos. No creo que mi venida á Ficóbriga sea en balde, ni que mi autoridad sea una irrisión—dijo Lantigua demostrando gran confianza en la eficacia de su voluntad.

—Querido hermano, tú has olvidado la recomendación de Angel.

—No; ya sé que nos dijo: «Haced lo que haría Juan Crisóstomo si viviese.»

—¿Y tú crees—preguntó Serafinita con expresión de triunfo, pensando que su argumento no tenía replica,—tú crees que nuestro hermano habría escrito á ese hombre rogándole que viniera?

—No lo sé... Juan no pudo pronunciar una sola palabra sobre su deshonra. Murió callado.

—Juan no murió de apoplegía—manifestó con emoción muy honda doña Serafina,—murió de ira; que también la indignación mata. Su pensamiento se abrasó, su alma huyó escandalizada del cuerpo en un instante horrible. El cielo desplomósele encima. Me parece que oigo la íntima exclamación de su espíritu al volar temblando de este mundo... Ventura, Ventura, inspírate en nuestro hermano, muerto por su deshonra; identifícate con él y represéntate aquel instante tremendo, su sorpresa, su terror, su congoja de padre amantísimo y de católico ferviente; haz un esfuerzo y procura creer que tú eres él mismo y no tú; que él ha resucitado en tí...

—Inspirándome en mi conciencia—dijo serenamente el banquero,—creo inspirarme en él...

Y levantándose, echó ambas manos á la espalda, encorvó ligeramente el cuerpo y se puso á pasear por el jardín de un ángulo á otro, sin apartar la vista de la arena que crujía bajo sus amarillos zapatos. Serafinita, desbaratando un gran trozo de media negra que estaba detestablemente hecho, empezólo de nuevo.