Atrevidos subimos; mas no nos es posible verla tampoco. La puerta de su habitación está cerrada. Por la noche, si la sorprendemos por breve instante abierta, descubrimos vaga sombra de una cabeza sobre la pared. La cabeza se mueve: es ella sin duda; pero convertida en leve mancha obscura sin alma y sin vida. Si hay conversación dentro de la alcoba, percibimos, aguzando mucho el oído, el vago silbido de las eses que se destacan sobre la pronunciación castellana, como la espuma sobre las olas. Nada más puede oirse en aquel murmullo lejano.

Si continuamos observando, vemos al través de la puerta, que no ha sido bien cerrada, súbita claridad rojiza que se extingue pronto. No hay duda de que la señorita ha quemado un papel. Por Roque, que dice todo lo que sabe, sabemos que Gloria ha recibido poco antes una carta con sellos encarnados, que no son los de España. Después sale Francisca, entra D. Buenaventura y se entabla nueva y más viva conversación, que dura hasta hora muy avanzada. Pero no podemos atrapar sino las fluctuantes eses que marean y nada dicen solas. D. Buenaventura se retira al fin meditabundo como siempre; óyese el rumor de los perezosos rezos que preceden al sueño, y sale después Serafinita tranquila y mística, como un santo que baja de su nicho para pasearse. Luégo se siente el chasquido de la llave. ¡Adiós! La señorita se ha encerrado; duerme, y envuelta en delicada nube de silencio, de obscuridad, de reposo, ha lanzado su espíritu á las zonas infinitas. Avancemos, apliquemos nuestro oído indiscreto al hueco de la llave. ¿Oís algo? Nada... Quizás un rumor más tenue que el de las alas del más pequeño insecto batiendo en el aire, una leve cadencia que no sabemos si es la respiración de Gloria ó el aliento de su Angel de la Guarda, que vela con la mano puesta sobre la frente de ella.

Un día, que era sábado de Pasión, el narrador espió también. A la escalera llegaba gratísimo olor de claveles y rosas, accidente relativo á ella que parecía ella misma. La señorita estaba haciendo un ramo. Si nos hubiéramos hallado en el jardín, habríamos sentido ligero rumor en la persiana alta, y alzando la cabeza con la prontitud del curioso, habríamos visto una mano que en breve instante apareció y huyó, después de arrojar palos de flores y ramitas inútiles. Aquella mano era la misma que muchísimos días antes había empujado la puerta de la casa para no dejar entrar á un hombre. En cuanto á la cara, sólo la vieron los pájaros alineados como tropa en el alambre, ó los que volando y piando pasaban.

Francisca bajó por más flores y doña Serafina subió llevando unos alelíes que ella misma cogiera. Oyéronse los tijeretazos cortando los palos demasiado largos en el tronco del ramo. Ni el mismo Roque, que todo lo sabe, sabía para quién era aquel ramo.

Pronto lo sabremos nosotros. Era media tarde cuando entraron y se reunieron en el comedor D. Buenaventura y los dos personajes de más peso en la república ficobrigense. Bien se comprende que no podían ser otros que D. Silvestre Romero y D. Juan Amarillo, este último elevado poco antes á la categoría de alcalde, con lo cual su respetabilidad, que ya era grande, se había remontado á lo sublime.

Don Silvestre, á poco de estar en el comedor, subió con objeto de ver á su amada penitente, como él decía. Era de los pocos que gozaban el privilegio de visitarla. Quedándose solos D. Buenaventura y el digno alcalde, éste habló á su amigo de los últimos acuerdos del Ayuntamiento referentes á las procesiones de Semana Santa, costeadas por el generoso banquero, y que debían de ser dos, á la usanza antigua, la del Salvador el Domingo de Ramos, y la del Crucificado, con dos pasos más y la Dolorosa, el Jueves. A todo dijo amén don Buenaventura; mas no se mostró muy gozoso cuando el representante de la autoridad municipal le hizo saber que á él, al propio señor de Lantigua, correspondía lugar muy honroso en ambas procesiones, debiendo en la del Salvador acompañar á la sagrada imagen, propiedad de su esclarecida familia.

Pero debemos decir que esto y otras cosas municipales de que habló el insigne Amarillo, como el acuerdo recién tomado por el Ayuntamiento de llamar en lo sucesivo plaza de Lantigua á la plazoleta de la Charca, y colocar una corona en el sepulcro que se estaba labrando al Sr. D. Juan, no fueron sino pretextos que el alcalde tomaba para hablar de un asunto de vivísimo interés para él. Desde la catástrofe del día de Santiago, corrió por Ficóbriga la voz de que la desgraciada joven, antaño llamada joya de aquella villa, entraría en un convento, y que la familia pensaba vender la casa, por ser muy antipáticos para ella los lugares de su desgracia y deshonor. Enunciada esta idea, D. Juan Amarillo, que era dueño de copiosos caudales, ganados Dios sabe cómo, concibió la felicísima idea de adquirir tan hermosa finca y establecerse en ella, haciéndola trono de su omnipotencia y de la gran superioridad que sobre toda la redondéz de Ficóbriga había adquirido.

La idea culminante, la idea madre de todas las ideas de D. Juan Amarillo era esta: «ser el primer personaje de Ficóbriga.»

La idea cardinal que gobernaba toda la máquina intelectual de Teresita la Monja era esta: «ser la primera señora de Ficóbriga.»

La presencia de los Lantiguas en aquel pueblo que por tradición les veneraba, era grandísimo estorbo, porque la villa obedecía aquella ley que dijo: «no servirás á dos señores.» Pero si los Lantiguas se marchaban, después que la joya fuese guardada en el estuche de un convento, ¡oh! indudablemente la dinastía de Amarillo reinaría ya sin rival entre el mar y la Pesqueruela, entre el cerro de doña Fronilde y Monteluz. El coronamiento admirable de esta idea, su representación simbólica era la adquisición del palacio en que los Lantiguas habían morado.