Ambos esposos vivían desasosegadamente esperando saber lo que se determinaría, por cuya inquietud no cesaba D. Juan de hacer indiscretas preguntas al banquero. Aquel día repitió sus proposiciones para quedarse con la casa; pero D. Buenaventura no pudo contestarle nada categórico.

—Pronto creo que daré á usted una contestación terminante—dijo el banquero.—Esto ha de decidirse pronto; pero muy pronto.

En esto, oyéronse acompasados taconazos en la escalera, que retemblaba, cual si un gigante bajara por ella. Era D. Silvestre que volvía de su visita, trayendo un gran ramo de flores, entre cuyas frescas hojas hundía á cada rato su carnosa y sensual naríz para aspirar la fragancia de ellas.

—La encuentro—dijo el cura,—mucho más animada... Mejor color, menos tristeza, algunas ganitas de hablar, interés por las cosas... en fin, resucita, la pobre resucita poco á poco.

—Así me parece á mí—indicó D. Buenaventura, demostrando la importancia que daba al bienestar de su sobrina.—¡Si Dios quisiera apiadarse de ella y de todos nosotros...!

—Vean ustedes qué hermoso ramo me ha dado—dijo el cura acercándolo á la picuda naríz de D. Juan Amarillo, que olió por espíritu de adulación.—Es para el Salvador, para la histórica imagen de los Lantiguas. Se lo pondremos en las alforjas al borriquito.

—Ya el Sr. D. Buenaventura—manifestó Amarillo levantándose,—está conforme en dar realce con su presencia á las dos procesiones.

—Pasaremos por aquí. Ya me ha prometido la señorita que saldrá al balcón—afirmó don Silvestre con regocijo.—¡Ah! le he dicho que dejaré de ser su amigo si no va mañana á la misa mayor y á la hermosísima festividad de las palmas. La pobrecita no quiere, pero en fin...

—Irá; yo le prometo á usted que irá—dijo D. Buenaventura despidiendo á sus amigos.—Esta situación debe acabar pronto.

En el jardín, D. Juan Amarillo alzaba la cabeza circundada de rayos de autoridad, y poniéndose la mano á guisa de pantalla en la frente, para que el brillante sol no ofendiera sus ojos, contemplaba la fachada de la casa, diciendo para su hondísimo y jamás explorado capote: