La segunda era cuñada de la primera, por ser mujer infelicísima del hombre más desautorizado y más perdido de Ficóbriga, del filósofo y ateo y mentecato D. Bartolomé Barrabás, hermano de Teresita la Monja; pero Isidorita la del Rebenque (que tal nombre tenía por haber sido su padre dueño del prado del Rebenque) llevaba con gran paciencia la cruz de su nefando matrimonio; y todo lo que Barrabás perdía en opinión y en intereses por su mala cabeza, ganábalo ella con su trabajo y ejemplar conducta. Hacía con igual arte ropa de mujer, de hombre y de clérigo, pudiendo competir sus levitas con las de Caracuel, como lo probaba la gallardía y elegante soltura del cuerpo de D. Juan Amarillo. En la temporada de verano albergaba huéspedes, tratándoles bien. Había sido hermosa; mas últimamente la obesidad y las penas la tenían en lastimoso estado. Unida con vínculos de parentesco y de cordial amistad á la Monja, de quien recibía frecuentes favores, acompañábala en la Iglesia y en casa, siendo un eco de ella en las opiniones, y un admirable estímulo preguntón para que Teresita, ó sea el Confesonario de Ficóbriga, satisficiese su ardiente necesidad de contar todos los secretos de la villa.
La tercera, ó sea la que se ocupaba en arreglar las flores, era la más joven de las tres, y si se quiere la más hermosa, pues había en su rostro vestigios de una belleza varonil y provocativa. Llamábanla comúnmente la Gobernadora de las armas, por haber sido esposa de uno que componía armas, ó que las gobernaba, como es uso de decir. Doña Romualda era florista y braguerista, y así consta en los estados de la contribución de subsidio industrial, donde puede verlo quien dude de las múltiples habilidades de esta señora. La muerte repentina del gobernador de las armas la había dejado viuda; pero ella se sostenía regularmente, aunque no está averiguado que lo hiciera con la virtud de aquellas dos preciosas industrias.
De Teresita la Monja se nos olvidó decir que era flaca y lustrosa, y su piel tan á modo de placa cobriza, que las malas lenguas de Ficóbriga decían de ella que se frotaba todas las mañanas largo rato con polvos y ante para sacarse brillo. Era su perfil á lo griego, de líneas rectas formado, pero con cierta indecisión ó vaguedad á la manera de moneda gastada por el uso. Sus ojuelos grises y á veces dorados como los de los gatos, no paraban un momento, y lo que más envidiaba á la Divinidad era el don supremo de ver lo invisible y de leer en los corazones. Llamábanla Monja, porque la exclaustración la sorprendió novicia en las Clarisas, con lo cual torcióse la vereda de su destino, y enfriándose su religioso anhelo ante las gracias personales de D. Juan Amarillo (cuando era pollo), cayó en sus dulces brazos y se descarrió en un momento de tentación funesta ó de falso idealismo. El matrimonio puso luégo las cosas al derecho; pero Teresita no perpetuó el linaje de los Amarillos. En efecto, aunque esto no pueda definirse bien, había en ella una como representación figurativa de la esterilidad.
V
Realismo.
Pasó suavemente la esponja por el augusto semblante de la imagen, que representaba la encarnación de lo divino, y después la exprimió sobre el cubo para que saliese el agua sucia. Al mismo tiempo decía:
—¡Ay! ¡Jesús mío, cómo estás!... Ya se ve... ¡Catorce años pudriéndote en ese nicho! Vaya, que los Lantiguas pueden hablar... ¡Tanta devoción, y esta sacratísima imagen olvidada!... ¡Qué horror! Si la mitad de la pintura se queda en el paño...
—Estás haciendo de Verónica, Teresa—dijo sonriendo Isidorita la del Rebenque.—Con poco más sacarás el divino rostro en el lienzo.
—Pues has dicho la verdad. Vamos, no fregoteo más—dijo Teresita mostrando la húmeda tela con leves manchas;—bien está así. Ahora le pasaré un paño seco. Así, viejecita y despintada, no hay otra cara como ésta en todo el mundo. Miren qué expresión... parece que nos oye y que nos mira y que nos quiere hablar.