—Parece que nos agradece los cuidados que tenemos con él—dijo la Gobernadora de las armas apartando sus ojos de las flores y fijándolos en el Salvador...—Pero ¡ay! amigas lo que me ocurre en este momento... Sabéis que en efecto...
—¿Qué?
—Se parece, sí, no hay duda de que se parece...
—¡Ah! no sigas, por Dios—exclamó Teresita—bajando la escalera y sujetándose las faldas para que el borriquito, que estaba todavía en el suelo, no le viera las piernas.—No digas más... por Dios. Es verdad que se parece... Pero esto no se puede decir, ni aun pensar. Es un sacrilegio.
—Todas las cosas, incluso las malas, son hechura de Dios—dijo la esposa de Barrabás.—Pero hay quien dice que las caras guapas son obra de Satanás. Más vale que no hablemos de esto...
—Venga la camisa—indicó Teresita tomando una especie de funda de riquísimo hilo que le alargó la del Rebenque.
—Me parece que en ningún tiempo, ni aun en las épocas del mayor esplendor de los Lantiguas, se ha puesto el Salvador una prenda como ésta. Es lo que sobró de aquella pieza que compré el año pasado para hacerle camisas á mi Juan... En fin, Isidora, á ver cómo se la ponemos... Coge tú por allí... Tratemos de meter las mangas sin romperlas... Cuidado con los encajes. Son los de aquella mantilla antigua que deshice.
—¿Voy yo también á ayudar?—preguntó la Gobernadora.
—No, mujer... acaba esas flores; que esto pronto lo despachamos.