—¡Magnífico ramo!

—Es regalo de la señorita de Lantigua—añadió el sacristán.

—¡De la señorita de Lantigua!—exclamó absorta Teresita, deteniendo sus flacas y amarillas manos en el momento en que iba á coger el ramillete.

Isidorita iba á olerlo; pero también se detuvo. La Gobernadora de las armas no se movía de su sitio, y Cachorro, viendo que nadie quería tomar el ramo, lo dejó sobre la mesa. Pero el chusco sacristán debía de sentir en su alma necesidad imperiosa de expansión, porque estirando los brazos y haciendo castañetear los dedos y dando ligero brinco, dijo alegremente:

—Señoras, el cura se ha ido... ¡Ah! me ha encargado que las obsequie á ustedes... En la sacristía ha dejado bizcochos, una botella de anisete, y tres de vino muy rico; pero muy rico. Al marcharse el Sr. D. Silvestre me dijo: «Ve y pregunta á esas señoras si quieren tomar alguna cosa... Las pobrecitas han estado trabajando como negras todo el día.»

—Yo no quiero nada—dijo Teresita meditabunda.

—Yo tengo mala la cabeza.

—Mejor que mejor—afirmó Cachorro dando una palmada.

—Y yo no estoy bien del estómago—indicó la Gobernadora.

—Eso quiere decir que vaya por el calicem salutis... ¿Pero qué tienen las señoras?—agregó observándolas preocupadas.—¿No quieren poner el ramo en las alforjas?