Aspirando el delicado olor de las tempranas rosas, hizo un mohín grotesco.

—Señoras—se dejó decir,—¿saben ustedes que esto me huele á judiíto pasado? En fin, voy por aquello.

De un brinco se puso en la puerta y desapareció. Las tres damas habían revestido su semblante de una seriedad oficiosa, y la más respetable de ellas expresó el pensamiento de la cofradía en esta forma:

—Esas flores no se pueden poner en las alforjas.

—No deben poderse.

—Es claro, porque ella está en pecado mortal.

—Sería un ultraje, un sacrilegio.

Cachorro entró de nuevo con una gran bandeja de pasteles, bizcochos y algunas botellas.

Corpus et sanguinem—exclamó desde la puerta, y avanzó alzando la bandeja á la altura de la cabeza con la actitud propia de los mozos de café.—Aquí está lo que resucitó á Lázaro... Parece que sigue la perplejidad. ¿Se ponen ó no las flores judáicas?