—Mi opinión es que no se pongan—afirmó la de Amarillo, consultando con la mirada á sus amigas.
—En fin, ¿tenemos concilio ecuménico para decidir?...
—Mi opinión—manifestó la Gobernadora,—es que se pongan, puesto que el cura lo ha mandado así. Nuestro primer deber es la obediencia.
—Es verdad.
—Tiene razón.
—Póngase el ramo—ordenó la Monja apartando con soberano desdén sus ojos del animalito, á punto que Cachorro le ponía la preciosa carga de flores, contrapesándolas con el racimo de panojas que estaba preparado para el caso.
Las tres damas habían concluído su tarea; pues si bien las flores artificiales no estaban puestas en los agujeros de las andas, ya habían sido ordenadas en graciosos ramilletes por quien era tan maestra en floreos. Fatigadas de tanto trabajo, se habían sentado en tres sillas preparadas al objeto por el sacristán, y contemplaban en silencio su obra, pudiéndose observar en el semblante de dos de ellas la satisfacción y arrobo del artista vencedor, mientras la de Amarillo, frunciendo la dorada piel de la frente, demostraba hallarse ocupada por otros pensamientos.
—Todavía no sale de la casa—dijo, cual si contestara á una pregunta que nadie le había hecho.
—¿Quién?
—La señorita Gloria.