—Vamos, vamos á colocar las flores—dijo á sus amigas poniendo fin al descanso.—Aún queda bastante que hacer... Por cierto que si yo no hubiera mandado á buscar las flores á S... ¡Dios mío, qué abandonado tenían esto los Lantiguas!

—Señora, ¿qué es esto? ¿qué tengo yo?—murmuró la Gobernadora pasándose la mano por los ojos.—Si parece que se me va la cabeza.

—Pues á mí también—añadió Isidorita dándose aire.—Este diablo de Cachorro nos ha dado algún brebaje...

—Animo, señoras; esto se llama hallarse en estado anacreóntico, como dice D. Bartolomé Barrabás. Cuando no es vicio, no hay pecado.

—Váyase usted allá, borrachón. ¿Cree que somos como él?

En el mismo instante sintióse un chasquido como de madera que se agrieta; la alforja había caído de los lomos del pollinito, y por el suelo rodaban las panojas y el ramo.

Teresita y doña Isidora se miraron aterradas.

—Es que se ha caído el clavo que sujetaba la alforja—observó Agustín examinando el animal.—Ya se ve. Está la madera apolillada y se cae á pedazos. Digo lo que Teresita. Esos Lantiguas tenían muy abandonados á los asnos del Señor.

—No se comprende cómo han podido desprenderse las alforjas—añadió la Monja acercándose con cautela.