El sacristán, que había salido llevándose las botellas, volvió sin ellas y dijo en voz baja.

—Ahí está la señora doña Serafina. Viene á ver cómo ha quedado esto.

—¡Qué á tiempo llega! ¿En dónde está?

—En la capilla rezando.

—Voy á hablarle. Sigan ustedes colocando los ramos de trapo—ordenó la Monja.

Pero las dos amigas no podían tenerse fácilmente en pié.

En la capilla, de hinojos, devotamente humillada ante el altar de su familia y junto á los sepulcros donde reposaban sus ilustres antepasados, estaba doña Serafina de Lantigua. No vió acercarse á la señora de Amarillo, que salió lentamente por la puertecilla de arco escarzano, y se fué acercando poco á poco, más como quien resbala que como quien anda. Cuando silbó la primera palabra de su saludo al oído de la ilustre señora, ésta se estremeció, exhalando ligero grito.

—¡Ah! señora...—exclamó,—me ha asustado usted.

—Mi queridísima amiga...—dijo Teresita dándole la mano.