Don Buenaventura llevó nuevamente á Gloria por la tarde á la Abadía, para que viese salir la procesión del Salvador. Dejóla en la capilla; repitióse el mismo desaire de la mañana; pero ni un instante decayó el valeroso ánimo de la joven. Cuando se puso en marcha la procesión y salió el Salvador, Gloria cerró los ojos para no verlo. Pasaron, salieron todos, santos, clérigos, señores, pueblo. En la Abadía no quedaban sino algunos ancianos inválidos, dos cojos, y las nubes de incienso suspendidas con imperceptible movimiento en el aire. Gloria, al hallarse casi sola, encontró más fácil la subida de su mente hacia Dios, y la angustia que oprimía su pecho comenzó á ceder. Fatigada extremadamente de estar de hinojos, se levantaba para sentarse en un banco, cuando oyó pasos acompañados de un golpecito de bastón, y reconoció la persona de su tía, que se acercaba. Serafinita entró en la capilla.
—Al fin has venido—le dijo.—¡Pobrecita! mi hermano es muy terco y pesado. Perdónale, porque su intención ha sido buena.
—¡Perdonarle!... Antes le agradezco que me haya hecho salir. Me siento bien.
—¿Te sientes bien?—preguntó la tía con expresión de lástima.—¿Estás contenta?
—Contenta no; pero tranquila sí.
—¡Y yo que venía á consolarte...!
—¿A consolarme? ¿De qué?
—Entremos en el camarín. Tengo que hablarte. Allí descansarás mejor.
Ambas entraron. Gloria vió sobre una silla, abandonado, pisoteado, mustio y lleno de polvo el ramo que entregara á D. Silvestre con el fin que sabemos.
—¡Está aquí!—exclamó con asombro, fijando los ojos en su tía.