—Ahí está, sí—repuso Serafinita sentándose.—Ya debías comprender que no podía estar en otra parte. Ayer no quise decirte nada; pero ya pensé que podías excusar ese regalo de flores al Salvador, imagen protectora de nuestra familia.

Absorta y anonadada, Gloria no halló en su pensamiento palabras para contestar. Miraba á su tía y después á las flores, cual si de éstas más que de aquélla debiera esperar explicación razonable.

—Es verdad—dijo al fin sollozando.—No debí mandarlo.

—Esas buenas señoras—continuó Serafinita,—tuvieron escrúpulos que yo disculpo... Te consideran en pecado mortal... Ya ves... Es preciso respetar las creencias generales. Yo comprendo bien que en esta deplorable fama de tu vergüenza hay algo de injusticia, y desde ayer algunas ideas supersticiosas.

—¿Qué ideas?—preguntó Gloria.

—Dicen que ayer, cuando el borriquito sintió encima el peso de tu ramo, empezó á dar coces y á sacudirse hasta que lo arrojó de sí... Sería alucinación, ó quizás algún hecho casual alterado por los sentidos. Pero sea lo que quiera, y aunque suprimamos el sobrenatural prodigio, siempre quedará la idea...

—¡De que estoy en pecado mortal!... ¡de que estoy condenada!—exclamó la señorita de Lantigua.—¡Oh! querida tía, ¿está usted segura de no equivocarse?

—Yo no creo que el estado de tu conciencia sea tan malo como piensa la gente; pero la opinión del pueblo en que vivimos y que siempre nos ha demostrado tanto cariño, es muy desfavorable á tí.

—Ya lo he comprendido.

—Si no hubieras salido hoy de casa, como yo quería—dijo la señora sollozando con aflicción,—ni tú ni yo pasaríamos las amarguras que hemos pasado hoy, á causa del atróz desaire de que has sido objeto.