—¡Ah!—observó con un poco de alteración doña Serafina,—ese es el pérfido sofisma del mundo. No, no... De esos conventos que labra el alma en sí misma se puede salir. ¡No, no mil veces! No tenemos garantía de la perpetuidad de tu reclusión, y esa garantía la necesitamos á un tiempo la Iglesia y tus parientes, la exigen la fe que profesamos y el decoro social. ¡Ay! pobre hija mía, piénsalo bien; esta solución que te propuse desde el primer día es la única posible.

—La solución es padecer—dijo Gloria con voz firme.

—¡Oh! no me lo niegues, no me lo niegues, tú esperas.

—Espero en Dios.

—No; tú esperas en cosas livianas, tú esperas en el mundo. Sin sospecharlo tú misma, estás solicitada por el pecado que ya te hundió en los abismos... ¡Ay, no puedes apartar de tí esa víbora! Confiésalo, reconócelo.

—No espero nada del mundo—dijo Gloria con tranquilidad.

—Sí, tú esperas. Aún te tiene en sus garras la bestia horrible. Gloria, hija mía, ¿no cabe en tu mente la cristiana idea de la muerte social, que es la salvación del alma, esa muerte en cuyo punto empieza la eterna y gloriosa vida?

—No puedo morir más de lo que muero para el mundo.

—Desgraciada, sueñas con una reparación imposible.

—No hay reparación para mí.