—Mientras sobre la tierra aliente un hombre, tú no tendrás valor para arrancarte de la tierra. La tienes asida con tus manos, y aunque te quemas, todavía no quieres soltarla.
—Desasida estoy. He renunciado á la reparación, al matrimonio, al amor mismo. Yo arrancaré cuanto existe en mí de aquel tiempo, hasta los recuerdos, para estar todo lo sola que deseo.
—¿Pero sabes tú lo que podrá ocurrir? Ese hombre te ha solicitado de nuevo, te ha buscado...
—No he querido verle ni escribirle...
—Eso no basta. Tu situación siempre es equívoca y deshonrosa. ¡Baldón para tí y para tu familia!... Gloria, hija de mi corazón, entra, entra en un convento, que es la solución natural de tu desgracia irreparable, la solución religiosa y social.
Abrazándola con ternura, Serafinita besó á su sobrina en las mejillas. La infelíz penitente, entre ahogados sollozos, afirmó con categórica determinación:
—Jamás, jamás, querida tía, entraré en un convento.
—Díme la razón, dímela—suplicó Serafinita.
—¡La he dicho tantas veces!... Es lo único que queda en mí de la voluntad estirpada, lo único que resta después del sacrificio de toda mi persona, el único deseo de quien á nada aspira en el mundo, el único móvil por el cual mi estancia en la tierra merece el nombre de vida.
—Siempre la falsa idea. Tú esperas, esperas—repitió Serafinita moviendo la cabeza.—Eso es esperanza, y esperanza del mundo.