—Yo creí que era sacrificio y virtud.
—Siempre la misma idea—volvió á decir la dama, moviendo la cabeza con desaliento, como el que ve perdido aquello que quiere salvar.—Siempre el lazo que te ata á la vida y que te seduce porque es en su origen noble y generoso... No te dejes engañar por sentimientos que no te corresponden ya, por sentimientos, hija mía, á los cuales no tienes derecho, á causa de tu culpa.
—Si es así—manifestó Gloria con sumisión, demostrando el agudísimo dolor que la dominaba,—mi castigo será infinitamente superior á mi pecado, y éste es muy grande.
—No tienes idea de la grandeza de las penas. Te pareces al que por un rasguño se lamenta como si tuviera terribles heridas. ¡Padecer! ¿Sabes bien hasta dónde alcanza este concepto? ¿Sabes acaso todo lo que cabe en las fuerzas del humano espíritu tratándose de padecer? Es lo único en que el sér humano no conoce límites ni debe desearlos. Fíjate bien en la Pasión que conmemoramos los católicos en esta semana, y tus pueriles alardes de sufrimientos te causarán risa. Quítale al presente dolor la amenaza de otro dolor más grande, y te parecerá un consuelo. ¡La resignación! ¿Sabes lo que entraña esta palabra? Contiene el propósito firme de aceptar todas las amarguras que pueden venir detrás de las que por el momento apuramos. Tú no lo comprendes así; no vas hasta el último extremo, no aceptas la totalidad de tu expiación, y haciéndote juez de tu propia causa, te sentencias á un aislamiento placentero y tranquilo donde sabrás rodearte de delicias. Renunciando sólo á los gustos que no valen nada, te quedas con aquello que por ser muy bueno sirve para premio de las más altas virtudes...
Gloria gimió con dolor al oir esto.
—¡Donosa resignación la tuya!—añadió Serafinita.—¡Lindo modo de purificarte por el martirio! Si Jesús, después de azotado, hubiera huído cuando le iban á crucificar, ¿crees que habría redimido al género humano? Pues tú haces eso: crees tener bastante con los azotes, y huyes de la cruz... Tu resignación será ineficáz para tu alma, si no es completa, absoluta, si no comprende la renuncia de todo, absolutamente de todo.
Doña Serafina al decir esto, abrazó y besó tiernamente á su sobrina, la cual, agobiada en extremo y bañada en lágrimas, repetía:
—Todo, absolutamente todo...
Era necesaria la gran mansedumbre que se había impuesto y que ella tenía, para no caer en la más negra desesperación. Sin rechazar las terribles afirmaciones de su tía, que aún no podemos comprender bien por ignorar el hecho que las ocasiona, Gloria no podía menos de dar salida á una dolorosísima queja que brotando de lo más íntimo de su angustiado pecho, se manifestaba en estas breves palabras: