—¡Oh, qué crueldad, qué crueldad!
—No te sofoques más ahora—dijo la buena tía besándola tiernamente.—Ya tendremos tiempo de hablar de este asunto. Volvamos á la Iglesia. No sé cómo no ha vuelto ya la procesión. No siento nada. Es extraño...
¡Inaudito caso! La procesión, que no debía emplear más de cuarenta minutos en recorrer su carrera, no había vuelto aún después de transcurrida una hora.
—No salgas así—añadió Serafinita.—Sosiégate, y aguarda en el camarín un ratito. Voy á ver por qué se ha detenido esa procesión.
Doña Serafina, al salir á la capilla, vió con asombro que entraban alborotadas algunas mujeres, oyó rumor de voces y gritos en la plaza.
—Ya...—dijo al fin buscando una razón.—Llueve sin duda y se ha desorganizado la fiesta.
Pero no: lucía espléndido sol, y la tarde estaba serena.