—¡Paso al señor alcalde!—gritaba el gentío.

El primer caballo hirió con sus patas delanteras en la cabeza á una mujer. Espoleado briosamente, dió un salto en retirada, pero retrocedió de pronto, volviendo á quedar entre la muchedumbre, que le rodeó decidida á destrozar caballo y caballero, principiando por los insultos y siguiendo á los insultos las obras. Pero el segundo, ó sea el gigante, apeándose con ligereza, empezó á puñadas con todos los que hubo á mano, de tal manera y con tanta presteza en dar y recibir, que se armó una contienda de mil demonios. ¡Y el alcalde, aquel varón destinado por la sociedad y aun por Dios á convertir el mundo en una balsa de aceite, no podía llegar, á causa del gentío, al lugar del siniestro!

El primer ginete pudo apearse y trató de contener al que parecía su criado; pero éste, rojo como un pimiento, pronunciando palabrotas extranjeras que semejaban ladridos, movía los férreos brazos en cuyo término estaban las martilludas manos, que caían como piedras sobre los carrillos, pescuezos, hombros, omóplatos, esternones y occipucios de los procesioneros. Era un boxeador de lo más florido de Inglaterra; pero en aquel trágico lance no quiso Dios que probara su destreza en tierra de alfeñiques, y por suerte había allí media docena de focas del Cantábrico, que en cuanto vieron las furibundas manotadas del rubio coloso extranjero, empezaron á probar que la mar no cría puños de algodón. ¡Oh descomunal contienda!... ¡Y el alcalde, aquella personalidad augusta que se tenía por semidivina, que con una palabra, un homérico gesto, ó un simple fruncimiento de cejas, podía confundirles á todos y convertirles de leones en corderos, no acertaba á llegar al sitio de la catástrofe, porque el gentío, apretándose, le había cogido en medio! Y hé aquí que don Juan flotaba de un lado á otro con la oscilación de la ola, cual náufrago, estirando su cabeza, alzando en su mano derecha el bastón y en la izquierda el palmito, pues no quiso soltar ni lo humano ni lo divino, y gritaba: «¡Orden!... ¡A la cárcel!»

El primer ginete, ó sea el amo, había logrado apaciguar á algunos, administrando un par de pescozones muy convincentes á su propio defensor y criado; pero entonces vióse que en el aire se blandía un cirial y que caía sobre un cuerpo duro; vióse la cabeza del formidable vestiglo boxeador chorreando sangre; y después el mismo boxeador, frenético, espumarajeante de rabia, arremetió al que cargaba la bendita manga-cruz. Prodújose entonces gran marejada, retrocedió la multitud, hubo esas corrientes que aplastan arrastrando, esos temblores de gentío que atruenan, esas dispersiones que atascan las calles como barrancos estrechos en días de temporal, esos choques de una ola de gente con otra, que desnarigan y despechugan y descalabran. Sintióse entonces chasquido de madera vieja y apolillada que se hiende, y el Salvador, el asna, el borriquito desaparecieron, cayendo en aquel hirviente mar de piés y manos.

El cuadro de Goya La procesión dispersada por la lluvia puede dar idea de tal escena. Veíase por una calle la cruz, poniéndose en salvo sin ayuda de los ciriales. Estos iban á escape por otra, llevados al hombro, como los fusiles después de un rompan filas. El cura, agitando la capa pluvial cual si fuera á terciársela en la cintura para arremeter, llamaba á gritos al diácono. Furioso y descompuesto D. Silvestre parecía decir: «¡Ah! si yo no tuviera este demonche de paño morado encima...» y con su airado pié golpeaba el suelo, como un genio de las Mil y una noches.

El padre Poquito había desaparecido, sicut avis, velut umbra; el suelo estaba lleno de palmitas pisoteadas; algunas personas no habían querido separarse del Salvador, y trataban de remediar el percance, recogiendo los pedazos del casi pulverizado borriquito y el ramo que había ido á parar á cuatro varas de distancia, saltando como un sér cautivo que recobra la libertad. Un sochantre andaba solo por tal calle mirando á todos lados, y Sildo incensaba por broma á los que se habían refugiado en los portales y en las tiendas... ¡Y en tanto el alcalde, aquella providencia, aquella alta personificación del orden, aquella mente suprema en cuya previsión descansan los pueblos, si al fin pudo esgrimir su bastón en el sitio mismo de la reyerta, no había logrado tener al alcance de su voz y de su mano á los delincuentes, no había podido dar público testimonio de su justicia, hacer de una manera dramática y elocuente, á los ojos de todos, el ejemplar que tan inaudito caso exigía!

—¿Dónde están? ¿Dónde están?—decía revolviendo á los cuatro puntos del horizonte sus ojos que echaban sentencias, multas, días de cárcel, penas de cadena perpétua, de garrote vil.

Dió órdenes tan terribles á los alguaciles, que éstos temblaban. El principal de ellos habría deseado acudir á un mismo tiempo á todas partes en busca de los culpables; pero no pudo ir más que á una, aunque D. Juan le gritaba:

—Al momento; al momento... inmediatamente, préndales usted.

Pero así como después de una derrota los diseminados cuerpos de ejército van poco á poco juntándose de nuevo y dándose la mano, así los fragmentos de la desbaratada procesión fueron acercándose, uniéndose camino de la Iglesia, y Serafinita vió entrar primero al padre Poquito, después á un cirial, más tarde á Sildo, luégo á los cantores, y así sucesivamente hasta que llegaron las destrozadas andas. Sólo la persona del Salvador no había sufrido deterioro ni en su divina cara, ni en su cuerpo y traje; los dos animales sí se hallaban miserablemente mutilados. Pero lo que aterró verdaderamente á Serafinita fué que los grupos de gente que con aquellas diversas partes de la deshecha procesión iban entrando, decían con azoramiento y enojo:—«¡El judío, el judío!»