Cuatro momentos de terrible asombro y dolor inmenso había tenido aquella virtuosa dama en su trágica vida. Primero: cuando vió morir á su madre. Segundo: cuando su infame esposo cometió la cobarde y villana acción de herir su cara en público. Tercero: cuando supo sin preparación alguna la muerte de su hermano Juan y la ignominia de Gloria. Cuarto: cuando oyó decir en la Iglesia de Ficóbriga:—«¡El judío, el judío!»
IX
El Maldito.
Toda la tarde estuvo Daniel Morton detenido en el Ayuntamiento; pero después de anochecido, D. Juan Amarillo fué en persona á darle libertad para que buscase alojamiento. Parece incomprensible á primera vista tal generosidad, y la explicación más razonable es que nuestro celoso alcalde no llevó más adelante sus rigores, movido del singular respeto que infunde á los avaros la riqueza de los demás, cuando es considerable. Sabiendo como sabemos, cuál era la religión de D. Juan Amarillo, fácil nos es comprender el prestigio que á sus ojos debía tener el que poseía, al decir de la gente, fabulosas é inagotables arcas de dinero. Para ciertos ricos, que ven en el pobre un gusano, el más rico es una especie de Dios. Además, el grande hombre de Ficóbriga, en quien se acordaban maravillosamente la afectación con la astucia y la vanidad con el positivismo, razonó del modo siguiente:
—Este hombre, que entre los suyos es de los primeros, ha de tener buenas relaciones en Madrid. Si le molesto, se quejará á la embajada inglesa ó alemana, armará un escándalo en los periódicos, y quizás se le ocurra al señor Ministro la funesta idea de mandar al Gobernador que me destituya... Para dar satisfacción á la vindicta pública, bastará tener en la cárcel un par de días al criado, que fué en realidad el verdadero delincuente.
Así lo hizo en efecto. Lo más que pudo conseguir Morton fué que D. Juan prometiera soltarle al día siguiente, cuando la indignación, estuviera un tantico aplacada y el principio de autoridad restablecido del ultraje que acababa de padecer.
Dirigióse Daniel á la posada de Ficóbriga. Esta se llamó en un tiempo La Equidad, y después con el raudo progresar de los tiempos y la introducción del gusto de los baños, fué creciendo en importancia, si no en limpieza, hasta que dió en manos de un francés, el cual la mejoró aderezando el servicio un poco á la moderna, y haciendo imprimir para repartirlas tarjetas que decían: Hotel de France, tenu par Mirabeau. El nombre del gran orador no podía estar en peor sitio.
Morton entró sin hacer caso de las groseras insinuaciones que oyó en la puerta, y subía resueltamente á ocupar un cuarto, cuando el mismo Mr. Mirabeau en persona le detuvo diciéndole en todas las lenguas posibles menos en la española: