—Caballero, perdón. Perdón, caballero; pero no puedo admitir á usted. Prefiero tener la casa vacía tres años.
El extranjero salió á la calle. Su semblante indicaba gran pena y fatiga; pero decidido á buscar alojamiento á todo trance, preguntó á los transeuntes si no había en Ficóbriga alguna fonda, posada, mesón ó cuchitril además del establecimiento de Mr. Mirabeau. Dos mujeres le conocieron, y lanzando una exclamación que más parecía de terror que de sorpresa, se apartaron de él gritando:
—¡El judío!... ¡El judío!
—Llevo dinero—pensó,—y al fin encontraré un techo.
A pesar de que las calles de Ficóbriga estaban muy obscuras, casi todos los que andaban por ellas conocían á Daniel Morton. Algunos al verle venir pasaban á la acera opuesta, otros se detenían para mirarle como á un objeto raro. Oyó soeces invectivas ó necedades triviales; pero de nadie pudo conseguir satisfactoria respuesta. Por último, decidió preguntar á los niños, que, por su falta de malicia, no podrían, según él, ni rechazarle con aquel horror propio de las conciencias varoniles, ni engañarle. Pero dos ó tres rapazuelos á quienes pidió auxilio saltaron dando alaridos á bastante distancia, y tomando piedras del suelo se las arrojaron.
Seguía la noche, la obscuridad, el desamparo, y con esto el cansancio del pobre extranjero á quien mortificaban terriblemente el hambre y la sed. Después de haber recorrido todas las calles, encontró en sitio solitario á una niña que venía cantando. Dirigiéndose á ella le preguntó por una posada que no fuese la de Mr. Mirabeau. La niña, más ignorante ó más humana, le señaló la calle inmediata y una puerta donde la seca rama marcaba la existencia de una taberna. Morton gratificó á su salvadora, y acercándose vió las azules letras de un tarjetoncillo que decía: Posada.
En la taberna resonaban broncas voces de marinos. Acercóse á un hombre con mandil que estaba en la puerta, y pidió alojamiento. El hombre, después de observarle fijamente, díjole que subiera, y ambos emprendieron ascensión muy peligrosa por una escalerilla.
—Gracias—decía Morton para sí con gozo,—gracias á Dios que no me han conocido.
Pero al llegar á una sala alta, donde había tres mujeres en cháchara, una de ellas gritó: