—¡Ese, ese es!
Y el asombro más vivo pintóse en los semblantes. Una mujer menos prudente que las demás se asomó á la ventana y gritó con el discorde chillido:
—¡El judío, el judío!
Subieron atropelladamente varios de los marineros que había en la taberna.
—Le conozco—dijo uno.—Es el que salvamos cuando se perdió el vapor inglés.
Mujeres y hombres, todos le miraban con estupor vivísimo. Hubo al fin en cierto grupo un movimiento de hostilidad, pero el tabernero alzó la voz y extendió sus manos diciendo:
—En mi casa no se maltrata á nadie. Caballero, salga usted.
Morton marchó hacia la escalera; pero antes se detuvo; volviéndose, dijo:
—Véndame usted un pan.
—Vale cinco duros—gritó con chillido de arpía una de las mujeres.