—Diez duros—añadió otra.
El tabernero cogió un pan del cesto que cerca estaba y lo ofreció á Morton. Este, al tomarlo con una mano, metió la otra en el bolsillo.
—No—dijo el hombre deteniéndole.
—¿Por qué?—preguntó Daniel.
—Es limosna—repuso con gravedad el tabernero.
—Caridad—añadió un marinero.—Nosotros somos así.
—Tú me salvaste la vida—dijo Morton á uno de ellos, poniéndole la mano en el pecho.
—Sí; ese es mi oficio.
—Pues bien—añadió el hebreo.—Dame ahora un vaso de agua, Dios te lo pagará.