El marinero trajo el vaso de agua. Morton, después de beber, salió llevándose el pan.
Ya con tan preciosa conquista sintióse medianamente satisfecho, como Robinsón cuando en su isla desierta alcanzaba de la Naturaleza los primeros dones para prolongar su vida. Poquísima gente había ya en las calles de Ficóbriga, por lo cual Daniel experimentó gran consuelo, habiendo llegado el caso de que la aproximación de cualquier humano rostro le produjese miedo y vergüenza. Si en su solitaria excursión por las calles sentía pasos, volvíase y apresuradamente tomaba otro camino como el ladrón que huye con su robo mal cogido en las trémulas manos. Cualquiera habría visto en él á un desalmado que acababa de robar un pan.
Con ser tan frugal su cena, le gustó, á causa del hambre que padecía, más que cuantos manjares ricos había probado en su vida. Satisfecha aquella primera necesidad de su cuerpo, éste, que cuando le niegan se resigna, pero si empiezan á darle, más pide cuanto más le dan, reclamóle descanso, un abrigo, un techo, un colchón, un montón de paja. Esto era más difícil, porque ninguna puerta de Ficóbriga se abriría para él. A falta de asilo cómodo, buscó un abandonado hueco de ruínas, un tronco de árbol, ó paredón solitario y apartado de toda humana vivienda que al menos le resguardara del frío Nordeste. Anduvo largo trecho alejándose del centro de la villa y volviendo á él. Por último, vió una escalera de piedra que se abría en el hueco del viejo murallón, para dar acceso á una planicie donde se veían algunas construcciones entre las ramas de espesos árboles. Sentóse allí. El sitio era relativamente cómodo y resguardado del cierzo.
Al poco rato aparecieron dos perros, á quienes Morton dió lo que había sobrado del pan, obsequio que no rechazaron.
—Vamos—dijo el hebreo,—ya no se podrá decir que hasta los perros huyen de mí. Al menos es un consuelo.
Poco después acercóse un anciano mendigo con una niña en brazos, y alargó la mano tostada y angulosa para pedir una limosna.
—¿Eres de Ficóbriga?—le dijo Morton.
—Sí señor, soy marinero del cabildo de Ficóbriga; pero como estoy tan viejo, hace dos años que no salgo á la mar y vivo en la mayor miseria, si esto es vivir.
La voz del anciano temblaba, anunciando debilidad, hambre y frío. Era su rostro curtido y surcado de arrugas como pergamino, blanca su barba, su estatura corpulenta; su cuerpo, á pesar de la desnudéz que le enfriaba y de la inanición que le enflaquecía, conservábase aún derecho; y por las roturas de la camisa, más desgarrada que una gavia hendida por los temporales, veíase el negro pecho velludo, fortalecido por las olas que se habían estrellado en él. En sus brazos, y arropada entre andrajos, dormía la niña angelical sueño, agarrándose con sus manecitas al cuello del anciano, murmurando á ratos algunas palabras y moviéndose intranquila, no porque estuviera enferma, sino porque soñaba, aun estando en brazos de la miseria, cosas placenteras y risueñas; por ejemplo: que se estaba atracando de bizcochos ó jugando con tres piedras, un pucherito y dos panojas, que eran otras tantas muñecas.
—¿Eres muy pobre?—preguntó Daniel al mendigo.