—Señor, no tengo más que lo que me dan. Vivía con mi hija, que era casada y tenía que comer porque su marido trabajaba en las minas. Pero hará dos meses se desplomó una piedra de las minas y mi yerno murió. Mi hija trabajaba para mantenernos; mas hará dos semanas que la enterramos. Dejóme esta niña; no tenemos casa; no tenemos más que la limosna de las buenas almas, y hasta ahora, ni mi nieta ni yo nos hemos muerto de hambre, porque el Señor ha sido bueno y nos ha mirado todos los días.
Daniel sacó una moneda de oro, diciendo para sí:
—Ahora sí que voy á ganarme un amigo.
Dióle la limosna, y el anciano partió después de dar las gracias y de prometer que rezaría á la Virgen del Carmen por el alma del favorecedor. Morton le observó desde lejos, le vió detenerse en la esquina de la calle de la Poterna donde había un farolillo, y examinar la moneda á la débil luz de la antorcha municipal; le vió inclinarse al suelo para sonar la pieza de oro sobre una piedra, y luégo el anciano volvió corriendo al lado de Daniel Morton.
—¿Qué hay?—le dijo éste.—¿Es falsa?
—No señor; es que se ha equivocado usted—dijo el viejo devolviendo la moneda.—Me ha dado usted un centén en vez de una peseta.
—¿Y por qué piensas que había de darte una peseta?
—Porque es lo que más se da. Yo no puedo tomar sino lo que se me da por buena voluntad, no por equivocación.
—Yo sé lo que doy—dijo Daniel con emoción.—Guarda la moneda; que si en algo me equivoqué fué en darte una sola. Toma otra, toma dos más, y mañana es preciso que nos veamos.
Y se las ofreció. Pero el pobre viejo no las había tomado aún en su mano, cuando dando un paso atrás, lanzó una exclamación de sorpresa y de terror.