—¿Qué?—dijo Morton con ira.—¿Tú también me conoces?
—¡Ah! No... no... señor—balbuceó el viejo;—¡pero este dinero, tanto dinero...! ¡Darle así!... Es la primera vez que le veo á usted; pero no hay más que un hombre que así tire el dinero... y ese hombre es el judío.
—Ese soy yo—dijo gravemente Daniel.
El anciano quiso poner las monedas en la mano del hebreo; mas como éste no las tomara, arrojólas al suelo, diciendo con tremenda voz:
—Tome usted sus doblones, que ningún cristiano recibe el dinero por que fué vendido el Señor.
Daniel Morton quedóse frío y estupefacto.
—Hombre sin entrañas—dijo al fin con rabia,—has hablado como un idiota.
—Yo no quiero limosna de usted. Adiós.
—Aguarda...—dijo Morton con angustia.—¿No ves que esta noche soy más pobre que tú, más miserable que tú? Haces alarde de cristianismo y no tienes lástima de mí. ¡Me has escupido en nombre de una religión y no te apiadas de la soledad en que estoy, sin un amigo, sin una voz que me consuele, sin otro hombre que me diga hermano y se siente junto á mí, aunque no sea sino para recordarme que ambos hemos sido hechos por el mismo Dios!
El marinero movió la cabeza, y después, hundiendo la mano en un hueco de sus andrajos, que se abría al modo de bolsillo, sacó medio pan.