—Aquí, muy cerca—repuso Caifás, demostrando el diligente afán que nace de la verdadera gratitud...—¿Pero qué es eso que brilla en el suelo? Parecen tres monedas de cinco duros.
—Es dinero que se me cayó—repuso Daniel.—Puedes tomarlo.
Mundideo recogió los centenes y los entregó á su dueño.
—Guárdamelos—dijo Morton.—Después me los darás. ¿Y tus niños?
—Buenos, señor... Vamos por aquí... Ande usted con cuidado para no tropezar.
Pasada una pequeña planicie que sombreaban dos ó tres plátanos de corpulenta talla, empujó Caifás una puertecilla abierta en muro de mampostería y entraron en un terreno que parecía huerta.
—¿Qué es esto?—preguntó Daniel sin soltar el brazo de Mundideo que le guiaba en la obscuridad.
—Esta es la alcoba grande donde todos hemos de dormir.
—¡El cementerio de Ficóbriga!—exclamó el hebreo, sintiendo frío en sus huesos.