—Sí señor. Soy el sepulturero de Ficóbriga. Mal destino, señor; pero pienso dejarlo pronto... Ya llegamos. Entre usted.

Pasaron á un patio y del patio á una casa humildísima. Caifás, después de encender luz, guió á su amigo por estrecho carrejo á una pieza no pequeña ocupada por varios muebles, descollando entre ellos un inválido sofá de paja de Vitoria. Una puerta comunicaba la tal pieza con otra que debía de ser alcoba, porque Caifás señalándola, dijo:

—Ahí dormimos mis hijos y yo. Sacaré mi cama á la sala, donde estará usted con más desahogo.

—Gracias; no necesito cama. Dame una manta y descansaré en este sofá... Al fin he encontrado un hombre, un verdadero hermano... Pero te compadezco, amigo. No podías haber elegido un oficio más detestable.

—Pronto lo dejaré á quien lo quiera—repuso Mundideo, poniendo en el sofá manta y almohada.—Ahora Sr. Morton, mi situación no es tan mala como cuando usted tuvo la bondad de favorecerme.

—Me alegro infinito. ¿Has variado de fortuna?

—Así, así.

La actitud de Caifás frente al israelita era algo cohibida. Sus miradas indicaban el respeto y la veneración que su favorecedor le inspiraba; pero á tal respeto uníase cierto recelo ó más bien repugnancia, torpeza en las palabras, miedo quizás. No era preciso ser zahorí para conocer que el pobre Mundideo padecía, y que su conciencia hallábase en frente del más grande y aterrador enigma que jamás se le presentara.

—¿Y cómo has mejorado de fortuna?—preguntó el extranjero acomodándose en el sofá.

—Puse una taberna en la cual me fué muy mal. Pero hace poco murió un tío materno en Veracruz...