—¿Tu deber?—dijo Morton en tono de ira.

—Sí señor... yo... ¿Cómo lo diré de modo que usted no se ofenda? ¿Cómo lo diré sin que mi favorecedor me crea ingrato?

—Dílo pronto.

—Pues yo no sabía que usted...

—Ya...—indicó Morton volviendo el rostro con expresión de amargo desprecio.

—No se ofenda el Sr. D. Daniel, ni crea que soy malo, ni que dejo de apreciarle... Yo... vamos no sé lo que me pasa... No lo puedo remediar. Cuando supe la muerte del Sr. D. Juan y que usted era...

—Yo soy judío—afirmó Morton gravemente.

—Sí—añadió Caifás sollozando,—y su dinero de usted, Sr. D. Daniel, me quema las manos... El confesor me dijo que devolviera ese dinero, aunque para ganarlo tuviera que estar barriendo las calles con mi lengua, ó cargando piedras como un asno, ó tirando del arado como un buey. Felizmente puedo devolver lo que no debí tomar, no...

—Calla, calla...—dijo Morton oprimiéndole con airada violencia un brazo, pálido de ira:—calla, idiota... estás hablando como una bestia... ¿Qué dices de mí?... ¿Por qué juzgas mi alma? ¿Quién eres tú, miserable gusano, para condenar á eterno abandono á otro hombre, hechura de Dios como tú; quién eres para fallar contra mí, contra mí que te he favorecido? ¿Sabes que la conciencia hace al hombre, y la ingratitud, la negra ingratitud, es la única conciencia de los malos?