El extranjero sonreía con sarcasmo.
—¡Oh! yo no soy desagradecido, no señor, ¡eso no!—gritó Caifás con verdadera angustia.—Si pudiera usted leer en mi conciencia... No sé lo que me pasa. Yo le he adorado á usted como se adora á los que están en los altares... yo he rogado á Dios por la salvación de usted más que por la mía. Pídame usted todo lo que tenga, y hasta la última hilacha de mi casa será suya. Me quitaré el pan de la boca porque usted no padezca hambre, y partiré con usted mi casa, aunque por ello pierda mi destino y esté pidiendo limosna toda la vida.
—Lo que te pido no es abrigo, que puede darlo un árbol, un tronco, una peña, una gruta, sino el dulce amparo de la amistad, de la benevolencia, de la grata compañía.
—Cuanto sea caridad y agradecimiento tendrá usted siempre de mí—dijo Mundideo con acento de emoción.—Pero...
—¿Pero qué...?
—Quiero decir—repuso Caifás con gran turbación de voz,—que no quiero su dinero... no quiero su dinero...
—¡Supersticioso! Tu alma es noble y piadosa; pero cede á las infames ideas del vulgo.
—Mi conciencia me manda que no tenga con usted ninguna clase de relaciones, más que las de la caridad.
—No querrás ser mi amigo, como se entiende la amistad social; no querrás frecuentar mi trato, ni servirme, ni tener conmigo la comunidad de vida y el cambio de ideas que por lo común existen entre los que profesan una misma religión...
—Usted lo ha dicho muy bien... Eso es lo que yo quería decir, pero no sabía decirlo.