—Quizás deje pronto de serlo.
Caifás movió la cabeza en señal de duda, y después lanzó un gran suspiro.
—¿Y has dicho que la ves?
—Todos los días.
—¿No me das ninguna otra noticia?
—Ninguna—replicó sordamente Caifás, guardando en su pecho las palabras, como si echara un muerto al hoyo.—Una sola, una sola daré, y es que siempre veo en ella un ángel del cielo, tan ángel después de su caída como antes.
—Dices bien. Gracias, José: tú eres hombre de corazón... Me han asegurado que la opinión de este pueblo le es muy desfavorable.
—Mucho. Dicen que la señorita está mal con Dios. Ayer ha pasado una cosa muy rara. La señorita envió un ramo para que se pusiera en las alforjas del borriquito que acompaña al Salvador. En cuanto el animal sintió encima las flores, principió á dar coces y las arrojó mismamente contra la pared. Todos los que tal vieron quedáronse horrorizados.
—¿Y tú, tú eres capáz de creer tan grosera superstición?