—No me haga usted decir lo que no debe decirse al que nos ha favorecido.

—Pues bien... dejemos esto. Háblame de ella tan sólo. Cuéntame todo lo que sepas.

—Sé mucho.

—Pues dímelo todo, todo.

Caifás se llevó los dedos á la boca para pillarse con ellos, á guisa de tenazas, sus carnosos y obscuros labios.

—De mi boca no saldrá una palabra, ni una sola que pueda servir á usted para sus planes.

—Mis planes son buenos.

—Eso Dios lo sabe.

—¿Y tú no? ¿No lo sabes tú, que tienes pruebas de mi modo de proceder, tú, que ya me conoces bastante?...