Caifás no se movía.
—¿Qué?—dijo Morton con ira.—¿También te niegas á servirme en esto?
—En esto no—repuso Caifás levantándose.—Voy á llamar al señor.
XI
Dieciocho siglos de antipatía.
No eran las seis cuando D. Buenaventura y Daniel Morton se hallaban solos en la habitación de Caifás. Los chicos habían sido enviados á la calle por su padre, y éste, después de ahondar un poco la sepultura abierta en la tarde anterior, se ocupaba en enterrar á uno de esos pobres muertos que entran en la inmensidad misteriosa de la descomposición subterránea sin amigos, sin cánticos religiosos, sin lágrimas, sin flores, sin mortaja. Para esos todo es materia y verdadero polvo.
Ambos caballeros, después de contemplar un instante tan triste escena, se sentaron junto á una mesilla con tapete de hule que en mitad de la pieza había. Uno y otro callaban, bastante perplejos y diciendo para sí: «El hablará primero.» Por fin D. Buenaventura rompió el silencio.
—Nada necesito indicar á usted—dijo con torpeza,—de las inmensas desgracias que han caído sobre mi familia. Usted las conoce bien; y debo creer, al verle acudir tan puntual á mi llamamiento, que no es indiferente á ellas, aunque no sea sino por el remordimiento de haberlas causado.
—Es la segunda vez que vengo después de aquellos terribles días—repuso Morton.—Esto prueba que no soy un criminal fugitivo; y al volver con tanta insistencia al lado de los que ofendí, demuestro que deseo ardientemente desagraviarlos.